A MI MADRE Y A MI ESPOSA.
Existen mujeres demasiado valiosas en mi vida,
mi madre, tú, mis abuelas y mis tías recordadas.
Jamás ha sido mi intención ver en sus mejillas
su amor por mí derramar en lágrimas de dolor.
Tampoco ha sido mi propósito ver en sus ojos
impregnada la tristeza al ver en mí libertina alegría.
Cuando alcanzo logros los hacen suyos sin falsedad
y a todo lo que amo también lo hacen sin condición.
Señoras importantes de carácter templado,
de fuerzas supremas y prohibidos cansancios.
Damas de titanio que superan extremas pruebas
y en silencio guardan sus victorias y sus trofeos.
Bellas mujeres en su rostro y en su interior.
Cuerpos únicos que soportan el hambre, el frío,
el calor, la enfermedad, la soledad y la desidia.
Deidades que les repugnan el egoísmo y la mentira;
ellas sólo otorgan la sentida solidaridad y la verdad.
Corazones palpitantes que jamás juzgan al culpable
de la mayoría de sus heridas, su ingrato hijo
ahora convertido en esposo de una bella mujer…
sigo siendo para sus almas una persona gentil;
continúan otorgándome su perdón bañado con amor.
Hijas de Dios que no conocen la pereza, ni el rencor,
pero sí conocen todos los sufrimientos por amar.
Divinas féminas que sin pensarlo dan su sueño,
sus días y toda la vida de ser necesario por su cría.
Para todas estas mujeres va este humilde homenaje,
principalmente para dos tesoros recibidos en mi vida:
mi encantadora madre y mi amada y destinada esposa.
¡Feliz día madrecitas!
Las amo,
Su hijo y esposo.
Franz Merino

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